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2014-07-06

Una visión de la piratería

Por Gillespi, músico
Una visión de la piratería

Soy músico. Por lo tanto no puedo ser imparcial. De todas mis varias actividades la música es la más antigua y la que llevo adelante desde hace más de 30 años. (casualmente, debuté profesionalmente en el festival Mar del Jazzen 1984). Quiero decir que yo soy parte interesada en esta historia. He grabado varios discos solistas y participado en más de 20 discos de otros artistas. Cobro regalías de mis canciones y de la venta de mis discos.

La piratería atenta claramente a mis ingresos. Los discos copiados no pagan regalías y la gente los baja gratis. No hablo específicamente de “ganancias “sino más bien de “recuperar” lo que se invierte en la grabación de un disco.
 
No quisiera adentrarme en tecnicismos que aburren a cualquiera. No obstante, quiero que sepan que un disco tiene un costo. Alquilar un estudio de grabación cuesta dinero (entre 2000 y 4000 pesos al día) y un disco lleva varios días.
 
Aquellos que cuentan con un estudio casero pueden grabar gratis (también es cierto que instalar un estudio de grabación en un rincón de tu casa también cuesta algunos miles de pesos de equipamiento). Es decir que siempre hay que invertir dinero. Existen otros gastos como las horas del técnico de grabación, gastos de los músicos, remises y empanadas.
 
El mastering es un proceso por el cual el material grabado es sometido a una especie de maquillaje y embellecimiento. Este proceso tiene por finalidad dejar la grabación en las mejores condiciones posibles y que la música pueda sonar con el volumen y la ecualización que requiere la industria discográfica, las radios y demás soportes. El mastering también cuesta unos varios miles de pesos.
 
El diseño del disco (el estampado) y de las láminas de la cajita, lo suele hacer un diseñador que cobra unos pesitos. También a veces se recurre a un buen fotógrafo que nos haga un par de retratos. Es otro costo.
 
Fabricación y duplicación, alrededor de un dólar y medio (como precio standar) por cd fabricado. Y posteriormente la famosa distribución, para decirlo en pocas palabras, que esos discos lleguen a disquerías o a la gente. También tiene un costo.
 
Podría darles mi propio ejemplo. Hubo una época en donde llevé adelante mi propio sello discográfico, llamado Ultradeforme, edité un puñado de discos y el costo de llevar los discos en taxi a las disquerías era más alto que lo que iba a ganar una vez vendidos esos discos (si es que tenía la suerte de venderlos).
 
La música para la mayoría de nosotros es una divertida inversión y una espontánea forma de perder plata con dignidad. No es el casino, ni el cabaret, ni el hipódromo. Uno pierde el dinero haciendo arte.
 
Cualquier músico o grupo musical de barrio tendrá que abonar como mínimo 20 o 30 mil pesos de su bolsillo para tener ese soñado plastiquito con su nombre impreso. Hay una muy interesante movida de la UMI (Unión de Músicos Independientes) que hace más liviano este calvario. En la actualidad existen cientos de artistas que editan sus discos por la UMI.
 
Hasta acá el cuento es agridulce, uno invierte dinero en su música y dependerá de las pocas o muchas virtudes de uno hacer de esa inversión algo que cubra los gastos, e incluso permita ganar dinero en buena ley.
 
Por otro lado están los piratas. No son personajes de ficción con un loro y una pata de palo. Son personas normales que suben discos o sencillamente los comparten con cualquiera. Sus argumentos tales como “la música hay que compartirla” o “no se le puede cobrar a la gente por la música” suenan bien. Más que nada porque ellos no han puesto nada. Es estimulante enterarse que todo debe ser gratis.
 
Imagino que los mismos argumentos usarán en la estación de servicio cuando le llenan el tanque de nafta. O en la verdulería cuando compran un kilo de papas. Argumentos como “la comida es para compartir” o “la nafta tiene que ser gratis” servirían de mucho a la humanidad, salvarían vidas y harían más feliz a la gente que descargar algunos discos de los que figuran en los sitios piratas.
 
Lamentablemente hay que pagar para todo, excepto para respirar y bajar música.
Muchos pensaran en otra discusión, que es el rol de las compañías discográficas que han realizado negocios fabulosos con la obra de los artistas con contratos leoninos y liquidaciones sospechosas. Es cierto en muchos casos. En otros, perdieron fortunas invirtiendo en fiascos. De todas formas, y en todos los frentes los músicos aparecen como el eslabón más débil de la cadena. Imaginemos una perinola donde la leyenda “el músico pierde” está impresa en todas las caras.
 
Conozco muchos músicos que gozan de buena salud y se pueden ganar el sueldo saliendo a tocar. Organizando giras por aquí y por allá. A ellos no los perjudica demasiado que sus discos se pirateen. Son jóvenes, saludables y talentosos. Muchas veces incluso regalan los discos por propia decisión. Han invertido un montón de dinero en grabar el disco y deciden regalarlo como forma de promocionarse. No estoy en contra de eso. Es como si a mi vecino se le ocurriera regalarle los muebles a todos los que pasan por la vereda. Es su decisión y está bien.
 
La piratería considera que “todos“ tienen que ceder sus discos, los que tienen ganas y los que no. Casi de la misma forma que uno cede su billetera con un revolver en la cabeza. Cederlos compulsivamente, podríamos decir. El que decide es el que comparte y no el que produjo la música.
 
Vendrá un día en donde todos aquellos jóvenes músicos serán canosos, tendrán que visitar médicos o desplazarse lentamente entre la bulliciosa multitud en busca de un supermercado donde comprar comida. Se encontrará en la cola con todos aquellos que bajaron sus discos (o con los hijos de ellos). Ojalá le ayuden a pagar al menos un kilo de pan.

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